Renault: Mégane II: Francés en toda su alma.
Desde hace ya algunos años, Renault decidió que sus coches serían distintos a los demás. Bueno, MÁS diferentes de lo que ya eran, porque ser francés en el planeta de los autos, ya significa vivir en un mundo aparte. Pero Patrick Le Quement, el diseñador en jefe de Renault, propuso que la marca tenía que ir más allá. Casi cualquier cosa es válida, con tal de no caer en el diseño tipo "yo también" en el que viven la mayoría de las armadoras, no sólo hoy en día, siempre. Con su decisión respetada por los más altos ejecutivos de la empresa, Le Quement comenzó a buscar nuevas formas para Renault. Lo primero que llegó a la línea de producción fue el nuevo frente del Clio. Luego, el Laguna II, seguido del Avantime y del Vel Satis. Pero ninguna apuesta es mayor que la del Mégane hatchback, un coche cuyo volumen de ventas es importantísimo para Renault, y donde Le Quement decidió utilizar la más que polémica forma trasera de un modelo que, por sus bajas ventas, apenas alcanzó su segundo año de producción antes de ser dado de baja, precisamente el Avantime.
Es la trasera lo primero que salta a la vista cuando se mira el Mégane hatchback por primera vez. Generalmente, ésta produce un choque. Con mucha frecuencia, éste choque es seguido por un rechazo. Pero con igual o mayor frecuencia, este rechazo deja lugar primero a una aceptación, luego, ésta se puede transformar incluso en amor. Como dijo el cantautor brasileño Caetano Veloso, "Narciso encuentra feo lo que no es espejo". Por ello nos puede parecer feo el Mégane hatchback a primera vista, por distinto. Pero una vez que la vista se acostumbra a esas formas, al medallón totalmente perpendicular al piso, contrastando con la cajuela que baja en una curva fuerte, en un ángulo cercano a los 45 grados, el auto crece en nuestra estima.
Con el sedán, repetimos, éste impacto no sólo no existe, sino que sus líneas son atractivas a la mayoría de las miradas. Pero no es sólo en la forma que el Mégane es distinto. A la hora de manejarlo, también hay que aprender algunas cosas. Lo primero al que hay que adaptarse, a menos que se haya manejado un Laguna antes, es a que el coche no tiene llave. Tiene una tarjeta que puede servir como control remoto, o como manos libres. Explico. En el modo control remoto, basta con presionar botones para abrir y cerrar puertas, como el control remoto de cualquier otro auto. En el modo manos libres, basta con acercarse al Mégane, con la tarjeta en la mano o en la bolsa, y jalar la manija de la puerta para que ésta se abra. Para cerrarlas, es suficiente con alejarse del auto. Para prender el coche, hay que insertar la tarjeta en una ranura en el tablero, en su parte baja, adelante de la consola central, y luego presionar el botón de arranque. En el modo manos libres, basta con traer la tarjeta y presionar el botón de arranque, ni siquiera es necesario ponerla en su ranura. Todo muy bien, muy bonito, sobre todo, muy diferente. Pero uno se la pasa buscando girar la llave cuando estaciona o cuando entra al auto. Toma tiempo acostumbrarse a ello. Además, es necesario explicar el procedimiento en cada Valet Parking y en cada auto lavado. Es el precio por ser distinto.
¿Otro detalle único? La palanca del freno de estacionamiento. Está ubicada en el lugar donde se espera que esté, por fortuna, pero no es un tubo con un botón para quitar el seguro, sino que tiene forma de "U" invertida, como las palancas de los aviones, con el botón del seguro del lado izquierdo. Otra vez muy distinto, pero ahora poco práctico.
Y el desfile de rarezas sigue en la forma de prender el radio, de manejar el aire acondicionado, de poner o quitar los seguros de las puertas, de abrir la cajuela y hasta de poner la gasolina, ya que el tapón del combustible es la misma puerta exterior, que en los demás coches es sólo una protección para el verdadero tapón.
¿Todo esto significa que el coche es malo? Para nada. De hecho, la sensación de estar dentro del Mégane es de lo más agradable. Los materiales utilizados en su construcción son no sólo correctos, sino que sobresalientes. Se ven bien, se sienten mejor. Y en esta versión Expression, la más equipada, se cuenta además con el más que placentero techo panorámico. Se trata del techo totalmente de cristal, divido en dos partes. La delantera se puede abrir y se transforma en un gran quemacocos, mientras que la trasera tiene el cristal fijo. Ambas tienen una cortina interior para proteger a los habitantes del sol o darles más privacidad, cuando se desee. Sin embargo y pese a la sensación general de calidad que se respira dentro del Mégane II, hay más ruidos interiores de lo que nos gustaría, probablemente fruto de un ensamble que aún no alcanza su punto óptimo.
El manejo, como el de todo Renault, es también muy placentero, aunque aquí hay dos diferencias básicas que todo el que está acostumbrado a los autos de la marca va a percibir. La primera es la mayor rigidez de la suspensión, algo que se acerca más a los coches alemanes que a los franceses tradicionales. Esto puede ser una bendición para muchos, al igual que irá disgustar a otros tantos. La segunda diferencia es de una digestión más difícil. Tradicionalmente, los Renault son autos con motores sobrados, cuya potencia y desempeño es superior a su competencia directa. No es así con esta nueva generación del Mégane, que mantiene la misma máquina de cuatro cilindros, dos litros y 140 caballos de fuerza de su antecesor. No es un motor malo, pero queda corto ante el peso del nuevo coche, más aún en altitudes como las de México y Guadalajara, superiores a los 1,500 metros sobre el nivel medio del mar y donde el oxígeno es más escaso. Con este motor, el Mégane hatchback necesitó más de 11 segundos para llegar a los 100 km/h y su velocidad máxima apenas llegó a los 190 km/h. Al sedán le tomó 12.11 segundos hacer lo mismo, y es lógico que así sea, se trata de un auto de manejo más tranquilo.
El cambio manual de seis velocidades del Mégane es adecuado para el coche. Se saca todo el jugo al motor y puede hacerlo un auto muy económico, cuando se conduce pensando en el rendimiento de combustible. Lo que no nos gusta es la posición de la reversa, al lado de la sexta, pegada al asiento del copiloto, además de una cierta imprecisión de los engranes, que nos hace reducir a cuarta cuando queríamos poner la sexta, por ejemplo.
Los frenos funcionaron bien, sin llegar a hacer maravillas. El Mégane hatchback se detuvo en nuestras pruebas, desde los 100 km/h en 41.7 metros. Una cifra promedio para su categoría. El sedán mostró un rendimiento mejor, con 39 metros para detenerse desde la misma velocidad.
Lo que sí nos queda claro después de esta prueba es que este auto marca una verdadera evolución del Mégane. La obvia es la estética. La más bienvenida es la de la calidad de los materiales de su construcción. La que Renault aún nos debe, es la de la propulsión del auto, aunque esto vendrá en un futuro, en la versión Mégane Sport. Entonces, el Mégane será aún más distinto de su competencia de lo que ya es ahora.
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Fuente: Sergio Oliveira / http://www.autos.com.mx
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